Literatura en Tepatoken

La primavera tardia
por Carlos Mendez Rodriguez


Antes de la guerra no fumaba. Si alguien abriera verticalmente ahora su garganta podría afilar cuchillos con su laringe.

-"¿Fumas?".

El niño alargo una mano temblorosa y dubitante. Pensaba en él como en un niño, pero lo cierto es que no se llevaban más que un par de años. Él, era cierto, parecía mucho mayor: con el cabello, precario ya, peinado hacia atras, toscamente, con gomina barata, vestido de caqui sucio y gastado, las cuencas de los ojos hundidas en dos negras, profundas y somnolientas ojeras, la piel tan blanca como la cal descascarillada que se desprendia de las paredes de la celda.

El niño coloco el cigarro (negro, tosco, sin filtro ni marca) en el extremo derecho de su labio, el único lugar de su boca que no aparecía llagado o hinchado. Toda su cara estaba igual. "Fuiste un chaval con pinta angelical en la vida civil: no me cuesta nada volverte a ver con uno de esos jerseys blancos de tenis, con tu pelo clarito peinado con raya a la izquierda (penso G.); lastima que este maldito sitio haya cumplido su cometido a la perfección". Estaba derrumbado sobre sí mismo en uno de los ángulos de la celda; a primera vista podria parecer que tenia las piernas rotas, pero G. sabia, que la brigada operativa guardaba siempre los dulces para más tarde. Los patadas y los puños hinchando la piel, los gritos en los tímpanos, la puerta tronando día y noche siempre que intentaba conciliar el sueño le habían reducido a un estado de letargo animal en el que no podía permanecer de pie.

El niño tosió con una arcada cuando el humo espeso y blanco tomo contacto con sus pulmones, bajo el pecho amoratado. G. le miro más detenidamente: pese a los gruesos y largos mechones de pelo sucio que le caían sobre el rostro, pese a los dos grandes bultos amarillos que le achinaban los ojos, G. pudo reconocer una mirada que erraba del suelo a sus galones; tenia la respiración pesada, los mienbros flojos y una actitud de desamparo desoladora.

G. intento llevar su mirada más allá de los barrotes del tragaluz, hacia las nevadas cumbres de la sierra allá a lo lejos: bajo el blancor perpetuo algunos persistentes túmulos de nieve aún aguantaban, refulgiendo bajo el sol de la primavera tardía. Sí, apostaba a que pronto la sensualidad abierta y voraz del estío sustituiría a la dulce sensación de cambio de la primavera. Si cerraba los ojos podía casi imaginarlo, físicamente, fuera de los muros del recinto. Aquellos pequeños cadáveres diamantinos pronto huirían resbalando ladera abajo.

-"Vienes a matarme"

El niño había reclamado la atención que por un instante se había fugado al exterior. No era una pregunta, era una afirmación lucida, sin sollozos. A G., que siguió mirando el ventanuco sin volver la cabeza para analizarle de nuevo, le pareció que estaba resignado, aunque tal vez tampoco fuera eso. Tal vez lo decía sin ningún tipo de emoción, como si desconociera el alcance de esas palabras y de la acción que anunciaban, como si estuviera ya fuera de sí, en una nube donde fuera inmune a cualquier clase de castigo físico. De todos modos, G. se tomo la afirmación como una pregunta, una pregunta a la que no contesto.

-"Llevo en este destino tres años, más o menos desde que empezó la guerra. No todo el mundo sabe mecanografiar con soltura. Mi trabajo consiste en redactar, pulir y tramitar sentencias como la tuya. Pensaras que es un trabajo desprovisto de cualquier tipo de condena moral. Solo somos la mano que las firman, el ultimo eslabón de una cadena de la que no somos responsables, la base de una pirámide recia y fría a la que hemos jurado obediencia sin paliativos: ni juzgamos, ni evaluamos, solo somos unos chupatintas en los que nadie repara. Sé que lo piensas, porque sé que, allá en el otro lado puede que tu también estuvieras en mi situación. A veces, muy a menudo, me levanto del escritorio y miro a mis compañeros de oficina. Diría que tienen la mano mecanizada de sellar y los ojos hundidos hacia atrás, como momias, de no usarlos. Yo también tengo la mano mecanizada, pero procuro que mis ojos no se hundan, aunque para ello tenga que meterme las manos en las cuencas desnudas y sacarlos, y arrancármelos si hace falta y tirarlos sobre la mesa para que vean. Veo, escruto con detenimiento, cada lista, cada papel que cae en mis manos, solo por si encuentro un nombre familiar, un apellido que me suene, aunque solo sea vagamente. Lo buscaba, y caíste en mis redes. Enhorabuena, (le señaló con el portafolio que llevaba en su mano) tú has sido el único".

G. reflexiono un momento rascándose la coronilla; temía, quizás, haberse apasionado un poco. Arrastro con el pie una butaca y se sentó frente al niño, cuyos ojos parecían haberse iluminado un poco, aunque solo fuera por la curiosidad. Carraspeo un poco y se dedico durante un rato a examinar los papeles que portaba.

-"Tienes una hermana llamada H., ¿no es cierto?" Pregunto G. sin mover la vista de los papeles.

El niño movió tímidamente la cabeza, apenas afirmando. G. suspiro y miro de nuevo al tragaluz antes de volver a tomar la palabra.

-"¡Je!, hace tanto tiempo de aquello. Tu hermana iba conmigo a la facultad, ¿recuerdas?; incluso yo llegue a conocerte: fue, si no recuerdo mal, en el San Isidro de hace...cinco años, en la pradera. Sí, una soleada mañana de San Isidro que según fueron pasando las horas se fue convirtiendo en una desapacible tarde otoñal y que acabo en un tormentón de mil pares de cojones. Hace mucho tiempo; en fin, ya ves, el mundo es un pañuelo".

G. bajo la cabeza, se mordió la punta del labio inferior. Se le hacia francamente difícil hablar, en definitiva, a un fulano desconocido, al que es posible, pese a todo lo visto en aquellos años, que continuara odiando. G. Llevo la mano al bolsillo de su guerrera, y saco el paquete de cigarrillos y un sobre grande doblado por la mitad. Esta vez, al hablarle, adopto un tono de voz impersonal:

-"Toma (dijo acercándole el sobre), aquí dentro tienes documentos acreditando tu libertad e identidad, un salvoconducto para pasar las líneas enemigas y el dinero suficiente para llegar a ellas. Saldrás mañana al alba. Un guarda te conducirá en silencio a la puerta. Tu guardaras tu camastro y tus trastos como si no fueras a volver".

El niño tomo el sobre pausadamente, con los dedos temblorosos por la repentina emoción. Pero al mirarlo una duda, más que razonable, le vino a la mente:

-"¿Y si todo esto no es más que una trampa?¿Y si cuando salga por esa puerta mañana solo encuentro un tiro por la espalda?".

G. se había apoyado sobre una de sus manos, mirando el suelo, mientras fumaba un nuevo cigarrillo. La súbita locuacidad del niño le pareció casi una bravata en aquel cuerpo desmembrado y roto por los golpes. Sin mirarle, le contesto a medias con sarcasmo, a medias con desinterés:

-"Me importa un huevo lo que pienses. Me importa un huevo si te crees o no que me estoy jugando el culo por ti. Sinceramente, dudo que tengas una opción mejor, ¿verdad?".

G. pondero esta ultima pregunta con un balanceo de su cabeza, primero, y una media sonrisa después. El niño volvió a su mutismo. Tenia toda la razón. Ultimamente ya no se oían tantos gemidos como antes en las galerías. Ese murmullo de voces heridas había sido hasta entonces el reflejo de la muerte activa, de la razón gangrenada; su ausencia no podia ser otra cosa que la evidencia de una muerte consumada. Tampoco, es cierto, veía ahora a tantas caras conocidas como antes en los paseos por el patio.

G. se había levantado rápidamente; golpeó con su puño el verde metálico de la puerta, y alguien, una presencia que el niño solo pudo intuir, le abrió casi al instante. Con su mano libre se apoyo en el quicio del portón y, sin mirar atrás, le entraron ganas de apostillar algo:

-"Cuando vuelvas a ver a tu hermana dile…Mejor no le digas nada. Es posible que todo acabe un día de estos, y después…"

Ese "después" se quedo flotando en el ambiente un momento, el suficiente para que G. recapacitara y desapareciera. La puerta se volvió a cerrar con aquel estruendo de acero contra acero y pestillos vueltos a cerrar. Al niño aquellas dos ultimas frases inconexas le sonaron a algo así como a una justificación, o tal vez una cuenta pendiente, o tal vez a un recuerdo, que teniendo que olvidarse, no se olvido. Realmente, tampoco penso demasiado en eso: hace unos minutos era un hombre con la sombra ya casi mutilada, con un tiempo (horas, minutos) finito; su seguro destino había virado ciento ochenta grados gracias a un tipo al que no conocía y, al que seguramente, no volvería a ver. Claro está que quedaba la posibilidad de que todo aquello fuera mentira, y a la salida solo le esperara un tiro por la espalda y su sangre corriendo por el cemento rugoso de la explanada de entrada. Pero, al fin y al cabo, él ya lo había dicho: "Sinceramente, dudo que tengas una opción mejor".

El niño entonces se reincorporo con dificultad: le dolía tremendamente la espalda a la altura de la chepa, donde un moratón revelaba perfectamente la silueta de una suela. Las piernas tampoco lograban sostenerle con seguridad, pero aún así logro encaramarse a la butaca y asomarse por entre los barrotes al exterior.

Una brisa fría, casi helada, le golpeo en los ojos abiertos, y pudo ver aquella ladera verde y brillante a la que nunca había prestado atención. Casi podía contar una a una todas las briznas de hierba, casi podía diferenciar cada una de las gotas de agua que resbalaban por cada una de ellas. El contraste entre ese verde y el azul claro del cielo era duro en la cima, solo como podía imaginarlo un ciego recién devuelto a la vida.

PS: Leo y releo esta historia, que es la mía. Todo lo que ocurrió en aquel momento concreto está fielmente reflejado en ella: todas las palabras son textuales y están ordenadas con el orden exacto en que las recuerdo. Todas mis sensaciones y las suyas, que yo intuí, también. Y sin embargo desde que estampe ese punto y final en la hoja, creo que la algo la falta, que está inacabada. Quién sabe, tal vez solo sea eso, una sensación.

Algo le falta, aunque no mienta ni una coma. Yo caminé temeroso aquella noche por los pasillos oscuros de la cárcel, oí la respiración acompasada, como una letanía, del resto de mis compañeros, muchos de los cuales, tal vez la mayoría, morirían aquella misma semana. Yo recibí un tibio baño del sol del alba aquella mañana y escuche mis propios pasos, por primera vez en mucho tiempo, sin eco. Yo llegue al día siguiente sano y salvo a mis líneas, yo me reencontre de nuevo con mi familia, con mi hermana, y como él me había dicho, no le dije nada. Aún ahora, años después, todavía le extrañan las condiciones de mi libertad.

He envejecido, tan solo un poco, tan solo lo que dan de sí seis años. Ahora tengo mujer, un niño pequeño y un trabajo fijo, que sin ser apasionante, me da la oportunidad de viajar y de mirar el futuro con seguridad.

Le vi una mañana otoñal, a través de los cristales de una de esas cafeterías de estación, de desayunos apresurados y mesas de mármol. Hablaba por teléfono, y su mirada estaba detenida en una pequeña agenda, en la que garateaba apuntes. No parecía más viejo que el día que vino a visitarme y me liberto. Parecía incluso más joven, como si el alejamiento de aquella factoría inaudita que ambos conocimos le hubiera devuelto la juventud arrebatada que intuí en aquel primer momento de mi relato.

Una idea tonta y cursi vino a mi mente, pero enseguida marcho: la de acercarme y estrecharle la mano. Yo no era era más que un tipo con un apellido conocido para él. Sin duda recordaría mi apellido y mi cara, pero solo como coprotagonista de una historia extraña, y sin duda absurda, que ambos compartimos.

Colgó, y desde mi posición le vi fundirse con la multitud gris y parda de aquella mañana otoñal, y aún le diferencie cuando, a la carrera, logro encaramarse a un tren que en ese momento partía con un estruendo de llaves, bujías y vapor en movimiento.

No creo que en los años que me quedan por vivir vuelva a verle. Coincidencias fortuitas como esta no creo que se den dos veces en la vida.

Esta noche, cuando me quite los zapatos y apoye mis pies en el suelo duro y sienta cerca la cálida presencia de mi mujer dormida entre las sabanas, entrara, por el quicio mal soldado de las ventanas un pequeño alfiler de viento frío que acariciara mi nuca, y me erizara la piel un momento. Oiré los lamentos de los gatos en celo y el leve susurrar de alguna cañería, y entonces mis ojos se cerraran como todas las noches, y fundirán a aquel verde brillante que vi por primera vez en aquel alba de la primavera tardía.