EL PINTOR DE VANIDADES
Tomas Sendarrubias
1º Premio de Jóvenes creadores de Alcalá de Henares

 

Cuando despertó, lo primero que acudió a su mente fue el aroma del agua de rosas mezclado con un olor más denso, mezcla de sudor y otros olores más espesos. Abrió los ojos aún con cierta pereza, y vio que fuera aún era de noche. Se giró en la cama, y vio que Angélica estaba dormida junto a él, con el rubicundo rostro apoyado en un brazo y los rojos cabellos convertidos en una maraña sobre la almohada. La mujer yacía impúdicamente desnuda sobre la cama, tumbada boca abajo, dejando que Giovanni se recreara en la contemplación de su sinuosa figura. Era tan diferente de Claudia…


De repente, la imagen de Claudia apareció en la mente de Giovanni tan nítida como si acabara de entrar a la habitación, y se incorporó de un salto, al tiempo que comenzaba a buscar su ropa, desperdigada por toda la habitación. Se trataba de una sala amplia, con las paredes cubiertas de suntuoso terciopelo rojo y espejos con los marcos dorados. Sedas y lujosos damasquinados completaban la decoración de la habitación, que además, contaba con un amplio balcón que daba directamente sobre el Canale della Giudecca, y que dejaba entrar algo de aire que hacía más llevadero el calor de las noches estivales en Venecia. Desde la cama, Giovanni podía ver una inmensa luna de color rojizo, y junto a ella, brillaba como siempre la resplandeciente Venus, la estrella de los enamorados.

Los bruscos movimientos de Giovanni, que buscaba sus calzas bajo la cama, despertaron a Angélica, que se incorporó con un delicado mohín en el rostro, mientras se desperezaba lentamente, haciendo que Giovanni tuviera que cesar en su empeño unos instantes para contemplar su voluptuosa belleza.

-¿Qué pasa? ¿Por qué no estás en la cama?-preguntó susurrando mientras clavaba sus ojos lascivos en la figura a medio vestir del hombre-. Aún es pronto…
-¿Pronto? ¡Ja!-gruñó Giovanni-. Si vuelvo ahora mismo, es posible que mi mujer no me denuncie a la inquisición por brujo o alguna cosa parecida.
-Tu mujer, tu mujer, siempre con lo mismo…-protestó ella, alzándose de la cama y echándose sobre el desnudo cuerpo un delicado chal de seda, regalo que el propio Giovanni le había hecho un año antes tras recibir su pago por el retrato que le hizo a una sobrina del Dux. Envuelta en el chal, Angélica salió al balcón, contempló unos instantes las quietas aguas del canal, y luego, silbó suavemente. Al poco tiempo, Giovanni, que ya se estaba abrochando los botones nacarados de la casaca, escuchó apenas el ruido de una pértiga al hundirse en el agua. Angélica volvió a entrar en la habitación, y miró a Giovanni con un estudiado gesto de tristeza, al que, por fortuna para él y para su bolsillo, ya estaba inmunizado-. Pietro está abajo, os llevará a vuestra casa. Si de verdad quieres irte…
-No quiero, ya lo sabes, pero debo hacerlo-. Sin más rodeos, pues sabía que como cortesana Angélica no tenía precio y si se le daba oportunidad le convencería para quedarse hasta el amanecer, la besó rápidamente en los labios y salió del dormitorio. La puerta se cerró tras él con un sonoro portazo.

Giovanni golpeó inmediatamente la puerta de al lado, y sin esperar respuesta, abrió. La habitación tenía el mismo estilo que la de Angélica, y que era denominador común en todo el burdel regentado por Isabella d´Angelo. Sobre la cama, su amigo, el escultor Lorenzo Bodelleti, dormía abrazado a la joven Lucrecia, mucho más joven en apariencia de lo que realmente era, y que sabía sacar provecho de su aspecto desvalido. Giovanni dio dos palmadas, y de inmediato, Lorenzo se sentó sobresaltado en la cama, mirando aturdido a su alrededor, mientras que Lucrecia, como si buscara protección, se abrazaba más a él.
-¿Giovanni?-inquirió el atontado escultor.

-Sí, señor, Giovanni, y si no te levantas pronto de aquí, estoy seguro de que tu mujer mandará a las mismo Papa a buscarte, así que vístete deprisa, que Pietro nos está esperando abajo.

Sin decir nada más, Giovanni salió de aquel cuarto, y recorrió a paso raudo los lujosos pasillos adornados con esculturas de mármol, tapices e incluso lienzos, dos de los cuales había pintado el propio Giovanni para regalárselos luego a Isabella d´Angelo, dueña y señora de uno de los burdeles más famosos de la Serenísima República de Venecia, la Ca´dei Piacere, odiada y ensalzada por todos los venecianos, en muchos casos dependiendo de con quien se estuviera hablando, donde incluso algunos cardenales de Roma, tenían sus favoritas. Cuando llegó al vestíbulo, uno de los lacayos de Isabella se encontraba dormitando en un rincón, pero se despertó al escuchar el ruido de los tacones de las botas de Giovanni sobre el suelo. De inmediato, aquel joven se incorporó e hizo una profunda reverencia, para luego tomar un candil con el que alumbrar el corto camino que iba de la Ca´dei Piacere al embarcadero en el que una góndola esperaba ya a Giovanni y a Lorenzo.

-Esperaremos al señor Bodelleti-dijo Giovanni, pues no tenía sentido esperar en la calle los breves minutos que tardaría el escultor en aparecer. Giovanni conocía a Lorenzo desde hacía muchos años, ambos habían servido en Roma a las órdenes del gran Brunelleschi, aunque ambos habían decidido volver a su Venecia natal y asentarse allí, Giovanni como pintor, y Lorenzo como escultor. Y aunque ninguno de ellos era una celebridad como había sido su maestro, los nombres de Lorenzo Bodelleti y Giovanni Renzo se escuchaban con cada vez más asiduidad entre los nobles venecianos. Y si Giovanni sentía un profundo respeto por su esposa, lo que Lorenzo sentía por la suya era el más abyecto de los miedos.

Como suponía, Lorenzo no tardó mucho en aparecer por la escalera, aún abrochándose la casaca, y con la gola de encaje alborotada ante el cuello. Al llegar junto a su amigo, Lorenzo lanzó una sonrisa nerviosa, y con un gesto, invitó al lacayo a que abriera la puerta, saliendo así fuera de la Ca´dei Piacere de Isabella d´Angelo. Con pasos presurosos y siguiendo al lacayo, tardaron poco en llegar a un pequeño embarcadero, en el que una góndola les esperaba. Allí, de pie, con la pértiga apoyada en el interior de la barca, estaba Pietro, el gondolieri de Giovanni, que miró a su señor y al amigo de su señor con gesto pícaro, escupiendo al agua cuando se acercaron a la góndola.

-¿A dónde vamos, señor?-inquirió sardónico mientras Giovanni y Lorenzo subían a bordo, sentándose en la parte de atrás de la góndola.
-A casa del señor Bodelleti primero-ordenó Giovanni-, y luego, a reencontrarme con mi amada esposa.

El gondolieri lanzó una brusca carcajada y volvió a escupir, mientras ponía en movimiento la góndola, apartándola del pequeño muelle mientras el lacayo de Isabella d´Angelo volvía a la casa, probablemente a seguir dormitando hasta que otro cliente quisiera salir de allí. Tras girar una esquina, la góndola entró en el Canal della Giudecca, iluminando el camino un candil que pendía del frente de la góndola, sobre el peine con siete púas que representaban los seis barrios de la ciudad y la propia isla de la Giudecca. Al entrar en el canal, Lorenzo y Giovanni alzaron sus ojos, y vieron que en el balcón de Angélica, se encontraban esta y la frágil Lucrecia. Angélica sostenía en su mano un delicado pañuelo de encaje, que dejó caer con gesto lánguido y que Giovanni pudo atrapar al vuelo, antes de que cayera a las aguas del canal. Besó el pañuelo y lo guardó en uno de sus bolsillos ante la complacida mirada de las dos cortesanas. En el último momento, vio que Lucrecia tosía débilmente, y al verla, Angélica hizo un gesto de despedida con la mano a la góndola, y entró en la habitación, cerrando tras de sí el balcón.

Y entonces, Giovanni vio a la mujer. Estaba quieta, parada en la misma esquina que un instante antes habían girado con la góndola, la que separaba el Canale della Giudecca del pequeño muelle de la Ca´dei Piacere; y al verla, sintió que se le cortaba la respiración. A su alrededor, se hizo el silencio, no escuchó los vulgares comentarios de Lorenzo sobre la noche que había pasado con Lucrecia, ni las risas de Pietro, ni siquiera el sonido de la pértiga al hundirse en el agua. Aquella mujer era un ángel, sin duda, pues nada en la Tierra podía ser tan bello. Su rostro parecía tallado en alabastro, con los pómulos altos, la frente despejada, la nariz pequeña y unos carnosos labios que parecían cubiertos de cristales pequeñísimos que brillaban bajo la suave luz de la Luna y la del candil de su góndola. Sus cejas, oscuras eran dos perfectos arcos negros trazados con sublime trazo sobre sus ojos rasgados, delicadamente almendrados, unos ojos tan negros y profundos como la noche que se alzaba sobre ellos, sobre Venecia. Su cabello, tan oscuro como sus cejas, aparecía recogido en una sencilla trenza entretejida con hilos de plata, que caía sobre su espalda, salvo un par de mechones que enmarcaban su rostro. El vestido que llevaba era negro también, con un generoso escote que dejaba ver el inicio de sus altos senos, y lucía pequeños cristales cosidos en el corpiño. Como únicas joyas, la dama llevaba un anillo en el dedo meñique de la mano izquierda que lanzó un destello ante la mirada de Giovanni, y una cruz de plata del tamaño de un puño que reposaba entre sus pechos, colgando de su cuello por un cordón también de plata. Una gema roja tan grande como la uña del dedo pulgar de Giovanni, brillaba en el centro de la cruz.

Por unos instantes, la mujer contempló a Giovanni, y en sus ojos, el pintor fue capaz de leer una gran tristeza, pero entonces, la dama se giró y desapareció de la vista de Giovanni.

-¿Habéis visto a esa mujer?-consiguió mascullar el pintor, haciendo uso de toda su fuerza de voluntad para ser capaz tan sólo de abrir la boca.
-¿A qué mujer?-inquirió Lorenzo, aún riendo, mirando a su alrededor. De inmediato, Giovanni supo que no la había visto, pues cualquiera que posara sus ojos sobre ella un solo instante, la recordaría para siempre.
-Olvídalo-respondió el pintor, y guardó un melancólico silencio durante el resto del camino.

Como había supuesto, cuando llegó a su casa, situada en el barrio de Santa Croce, Claudia se encontraba furiosa, encerrada en su habitación, y amenazaba con marcharse en cualquier momento y dejarle allí para que “sus rameras” cuidaran de él. Y como siempre, Giovanni fue capaz de tejer una adecuada sarta de mentiras que le convertían en el salvador de Lorenzo, afirmando que había ido a buscarle para que volviera al lado de su esposa, historia que siempre conseguía enternecer el corazón de Claudia. Giovanni sabía que Lorenzo hacía lo mismo con su esposa, y aunque las dos eran conocidas, ambos sabían que ninguna se atrevería nunca a comentar nada sobre aquello a la otra “pobre esposa engañada”. Finalmente, Claudia se rindió a las palabras de su esposo, aunque esa noche, el pintor no había estado demasiado convincente, pues realmente, se sentía aturdido, ausente, perdido en medio de ningún sitio, incapaz de concentrarse siquiera en mentir a su esposa. Gracias a Dios, Claudia estaba ansiosa de creerle, le bastaba cualquier cosa que consiguiera rehacer al menos la apariencia de que su esposo le era total y cristianamente fiel. Claudia y Giovanni llevaban ya quince años casados, él tenía veinticinco años, y ella apenas diecisiete, cuando se casaron en la iglesia de San Gregorio. La fortuna de la familia de Claudia les había permitido mantenerse en los primeros años del matrimonio, pues éste se había producido poco tiempo después del regreso desde Roma de Giovanni, por lo que él aún era un desconocido pintor veneciano. Realmente, existía amor entre Claudia y Giovanni, pero era un amor que había caído en la rutina y el aburrimiento, ambos se habían asentado con comodidad en sus papeles, él de pintor emergente, ella de esposa fiel y de agitada vida social, y se habían ido distanciando el uno del otro, pero entre ellos, aún existía una buena convivencia. Claudia era una mujer inteligente, quizá no demasiado bella, pero tampoco una abominación de la naturaleza, probablemente demasiado corriente como para atraer durante mucho tiempo la atención de un hombre como Giovanni, fascinado por la belleza. Su cabello era rubio pajizo, y sus ojos, de un limpio color azul, pero sus rasgos eran insípidos, sin nada destacable en ella, ni defectos ni virtudes. Lo mismo ocurría realmente con Giovanni. A sus cuarenta años, el pintor tenía una imagen de lo más corriente, de cabellos castaños, ojos marrones y rostro redondeado, luciendo una poblada y cuidada barba. Pero demostraba su magia cada vez que tomaba unos pinceles y se ponía ante un lienzo, en esos momentos, Giovanni Renzo se transformaba, y era capaz de hacer magia con sus obras, talento que el propio Brunelleschi había alabado fervientemente en Roma. Un retrato de Claudia aparecía en el salón principal de la casa, y era toda una obra de arte, pues Giovanni había sido capaz de tomar todo lo bueno de su esposa y transmitirlo a su obra a través de la expresión de sus ojos, de la sonrisa abierta que se insinuaba en la curva de sus labios, de las manos delicadamente colocadas sobre el regazo, como deseando proteger su vientre, el único drama de la vida de la dama, pues era estéril, y su gran dolor era no poder dar un hijo a su marido. Todo eso había sido captado por el pincel y los óleos de Giovanni en aquella pieza que Claudia mostraba orgullosa a todo aquel que quisiera verla, como muestra del talento de su esposo.

Pero aquella noche, desde luego, Giovanni Renzo hubiera sido incapaz de pintar nada. Se encontraba agotado físicamente tras dos largas horas en compañía de Angélica, y su mente se encontraba embotada, de forma que tardó poco en quedarse dormido junto a su esposa, que le tomó la mano mientras dormía y apoyó la cabeza en su pecho. Aquella noche, no hubo sueños que turbaran el reposo del matrimonio.

A la mañana siguiente, Giovanni se despertó temprano, se despidió de Claudia, y en compañía de uno de sus sirvientes, un jovenzuelo que respondía al nombre de Gianni, tomó sus utensilios de pintura y se marchó fuera de la ciudad, a una fronda boscosa que había encontrado algunas semanas antes y que le serviría de fondo para una obra encargada por un rico comerciante que traía telas de oriente, que le había pedido un cuadro sobre las Musas y Apolo. El comerciante había pedido a Giovanni que pusiera a sus hijas entre las Musas, lo que iba a ser todo un trabajo, pues realmente, ninguna de ellas tenía nada destacable, pero al fin y al cabo, el trabajo era el trabajo. Pero Giovanni continuaba distraído, y su mente volaba una y otra vez a la mujer que había visto la noche anterior al pie de la Ca´dei Piacere. Pese a que tanto Lorenzo como él conocían a todas las cortesanas de Isabella d´Angelo, Giovanni sería capaz de poner su mano en el fuego para afirmar que no la había visto nunca antes. Pero si no era una cortesana, ¿quién era? ¿Qué mujer en su sano juicio se aventuraría a salir completamente sola en la noche veneciana para rondar un burdel? ¿Una mujer despechada que buscara a su infiel marido? Aquella mujer parecía triste, pero de ninguna manera nerviosa o furiosa, aquello era poco probable. Tal vez fuera una noble venida a menos que fuera a solicitar se acogida por Isabella para convertirse en cortesana…

-Señor…
La voz de Gianni sacó a Giovanni de sus pensamientos, y se volvió hacia su sirviente, con gesto torvo.
-¿Qué ocurre?-inquirió-. Sabes que no me gusta que me molesten cuando estoy pintando…
-Pero señor, creí que ibais a pintar un paisaje…-murmuró aturdido el muchacho.
Entonces, Giovanni contempló el lienzo que tenía delante, y dejó escapar un reniego que hubiera hecho que Claudia le hubiera obligado a acudir presurosamente a confesarse por blasfemia. Se había distraído tanto pensando en la mujer de la noche anterior, que en lugar de pintar el paisaje de aquel bosquecillo, había iniciado el bosquejo de un retrato de aquella dama. Podía ver la orgullosa barbilla, la altiva frente, el generoso pecho que comenzaba a revelarse en los trazos de su pincel. Jamás le había pasado algo así, y además, sólo había llevado un lienzo, por lo que deberían volver a la ciudad a buscar más. Era casi mediodía, por lo que había perdido la luz de la mañana, así que no le quedaba más remedio que regresar a casa tras haber perdido todo un día de trabajo.
-Vayámonos-ordeno Giovanni, lanzando una última mirada al boceto del lienzo, que finalmente decidió llevar a su casa. Quizá decidiera continuarlo en algún momento, era una lástima desperdiciar una buena tela como esa. Pensó incluso en que tal vez esa mujer le sirviera de modelo para una obra que luego poder vender a la Iglesia. Era demasiado mundana para poder ser la Virgen María, pero quizá la Magdalena…

En esos pensamientos seguía sumido Giovanni cuando llegó ante la puerta de su casa, y tan absorto se encontraba que apenas reparó en la presencia de Carlo, uno de los sirvientes de Lorenzo, detenido ante su puerta. De hecho, para llamar su atención, Carlo, un hombre de una edad ya considerable y al que tanto Lorenzo como Giovanni consideraban de completa confianza, tuvo que interponerse en su camino hacia la puerta de la casa. Antes de que tuviera tiempo siquiera de preguntar qué le había llevado hasta allí, la puerta de la casa se abrió, y Claudia salió a recibir a su esposo, lanzando una oscura mirada a Carlo, que bajó la cabeza, avergonzado.

-¿Qué ocurre aquí?-inquirió extrañado Giovanni, mientras su mujer le besaba en la mejilla.
-Este hombre ha llegado preguntando por ti hace más de dos horas-explicó Claudia, en tono ofendido-, y cuando se le dijo que no estabas, decidió esperarte aquí. Velando por él, salí a recibirle y a decirle que cualquier mensaje que tuviera para ti, me lo podría dar a mí también. Y se ha negado a decirme nada sobre lo que ocurría.
-El señor Bodelleti me hizo jurar solemnemente que sólo hablaría con el señor Renzo…-se excusó Carlo, manteniendo la mirada baja, temeroso por haber contrariado de alguna manera a la dama o a Giovanni.
-Debes excusarle, Claudia-dijo en voz alta Giovanni, entrando con su esposa en la casa, y haciendo un gesto a Carlo para que les siguiera. Luego, se acercó al oído de ella para susurrarle-. Lorenzo debe de haberse metido de nuevo en algún lío, y al pobre Carlo le dará vergüenza hablar con una dama del tipo de problemas en los que suele andar envuelto su señor.
-Giovanni Renzo-dijo Claudia, y el pintor sintió un escalofrío, pues cuando su esposa utilizaba su nombre y apellido, significaba que estaba hablando mortalmente en serio-. Vos y yo debemos hablar seriamente sobre la calidad de vuestras amistades.

Con estas palabras aún en la boca, Claudia se dirigió con pasos rápidos y sin mirar hacia atrás a una de las salas laterales, mientras Giovanni, encogiéndose de hombros, hizo pasar a Carlo al lugar más privado de que disponía, su propio estudio de pintura, una pequeña sala cubierta de bocetos de las obras de Giovanni, que se abría al patio exterior de la casa, y desde la que se escuchaba el rumor del agua de la fuente que había en el centro de éste.

-¿Qué ha ocurrido, Carlo?-inquirió Giovanni, cerrando la puerta tras él. El criado no podía ocultar su nerviosismo, y retorcía entre sus manos una pieza de tela que en algún momento debía haber sido un sombrero.
-El señor Lorenzo me pidió que viniera aquí en cuanto se enteró, señor Renzo… el pobre hombre está tan destrozado…
-Tranquilízate, Carlo-dijo Giovanni llevando al sirviente a una silla sobre la que le obligó a sentarse-. ¿Qué ha pasado?
-La señorita Lucrecia murió anoche-. Giovanni sintió que la boca se le secaba de repente y que los oídos comenzaban a zumbarle como si alguien hubiera metido dentro de sus orejas una colmena de abejas-. La señora Isabella d´Angelo envió recado esta mañana temprano a casa del señor Bodelleti, y el pobre hombre… Se vistió corriendo y los dos salimos hacia de casa de la señora d´Angelo, sin decirle a la señora Bodelleti ni a dónde íbamos. El señor lloraba como un niño, señor Renzo, quería tanto a la señorita Lucrecia…
-¿Cómo… cómo ha sido?-inquirió Giovanni, dejándose caer en una silla junto al sirviente. Lucrecia muerta… Le parecía imposible, era una muchacha tan joven… Y la noche anterior tenía tan buen aspecto… Entonces, recordó la tos de la muchacha en el último momento…
-Algo ha fallado en sus pulmones, señor Renzo. La pobre muchacha se ahogó.
-¿Dónde está Lorenzo? ¿Sigue en la Ca´dei … en casa de la señora d´Angelo?
-Allí sigue, señor. De hecho, ha sido la propia señora d´Angelo la que me ha pedido que viniera buscarlos a vos…
-Bien, salgo para allá inmediatamente.
-Pero vuestra esposa…
-Ya se me ocurrirá algo. Vamos.

Sin esperar ni un minuto más, Giovanni salió del despacho llamando a voces a Pietro. Claudia salió del cuarto en el que se encontraba, y Giovanni la miró con gesto de disculpa, pero ella se limitó a recorrerle fríamente con su mirada antes de volver a sus ocupaciones, fueran estas las que fueran. Negando con la cabeza, Giovanni volvió a salir de la casa.

La puerta de la Ca´dei Piacere estaba abierta cuando, en compañía de Carlo, Giovanni llegó allí. El joven que la noche anterior les había iluminado hasta que llegaron a la góndola, se encontraba vestido de luto riguroso en el vestíbulo de la casa, y mostraba los ojos llorosos. En cuanto vio entrar a Giovanni, el muchacho le pidió que le acompañara, y le llevó a través de los lujosos corredores de la casa hasta una puerta de doble hoja que se encontraba al final de un pasillo. El joven llamó, y una voz profunda, que Giovanni reconoció enseguida como la de Isabella d´Angelo, les invitó a pasar. Giovanni había oído rumores sobre la sala que se encontró cuando cruzó las puertas, pero realmente nunca había estado plenamente seguro de su existencia. Se trataba de una enorme cuyas paredes estaban totalmente ocultas tras altas estanterías repletas de libros de todo tipo. Por lo demás, el mobiliario de la sala era más que escaso, una mesa y una silla en el centro, un sillón de cómodo aspecto junto a una de las ventanas que daban al Canale della Giudecca, y un canapé tapizado con brocados dorados junto al balcón. Pero el valor monetario que sumaban todos aquellos libros era mucho mayor, con creces, de lo que costaban las sedas que decoraban todas y cada una de las habitaciones de la casa. En el sillón que había junto a la ventana, sentada elegantemente, se encontraba la propia Isabella d´Angelo. Era una mujer de unos cincuenta años, que en su juventud debía de haber sido excepcionalmente bella, pues sus rasgos aún eran de una elegancia extraordinaria. Muchos decían que su verdadero apellido no era d´Angelo, sino que pertenecía a una noble familia italiana, quizá los Medici, los Farnese o los Sforza, y que había huido de ellos cuando había descubierto que la única forma que tenía una mujer de conseguir algo de cultura, era convertirse en cortesana. Y había sido una de las mejores, no sólo de Venecia, sino de toda Italia. En aquellos momentos llevaba los cabellos, aún dorados y sin rastro alguno de canas, recogidos en un moño alto. No se había aplicado ningún maquillaje, por lo que se podía contemplar su rostro de una forma natural, y Giovanni pudo comprobar que aquellas pequeñas arrugas que se formaban en las comisuras de sus labios y junto a sus ojos, la hacían aún más atractiva. Sus ojos azules estaban empañados de lágrimas, y vestía un recatado vestido de terciopelo negro, abrochado hasta el cuello. Al ver a Giovanni, Isabella se incorporó y se acercó a él, tendiéndole con gesto elegante una mano, que el pintor tomó entre las suyas antes de besarla suavemente.

-Isabella, no sabes cuanto lo siento…
-Gracias, Giovanni-respondió ella, apretando levemente las manos del pintor antes de soltarle y dirigirse al canapé, indicándole que se sentara junto a ella-. Carlo-dijo, llamando al criado de Lorenzo, que se encontraba aún en el umbral de la puerta, como si no acabara de decidirse a entrar-, has cumplido con mi encargo perfectamente. Muchas gracias. Puedes retirarte, pídele a Andrea que te lleve a la cocina y que te sirvan algo de comer, debes estar exhausto.

El pobre Carlo asintió, dejando traslucir incluso una sonrisa antes de cerrar la puerta. Al parecer, no estaba demasiado acostumbrado a lidiar con tantas preocupaciones, y sin duda, estaría convencido de que Giovanni podría hacerse cargo perfectamente de su señor.

-¿Cómo se encuentra Lorenzo?-inquirió Giovanni cuando Isabella y él se encontraron finalmente solos en la biblioteca. La mujer sacudió la cabeza en gesto triste antes de responder.
-Destrozado, completamente destrozado. La quería tanto…
-Pobre Lorenzo. ¿Y Angélica?
-Angélica es una mujer fuerte, tiene toda la fuerza de la que carecía la pobre Lucrecia. Se sobrepondrá, pero esto ha sido también muy duro para ella. Estaba junto a la niña cuando murió.
-Lo entiendo.
-Pero Giovanni, Lorenzo no puede quedarse más tiempo aquí. No debe estar aquí. Le envié recado porque lo consideré necesario, pero ahora, creo que me equivoqué…
-No, hiciste lo que debías. No te preocupes, Isabella, lo entiendo todo. Me lo llevaré de aquí lo más discretamente que pueda, y procuraré mantenerle alejado del cementerio.
-Esto es muy duro para mí, Giovanni, no quiero que creas que…
-Lo sé y lo entiendo, de verdad. Es lo mejor para Lorenzo.
-Gracias, Giovanni.
-No las merezco-. Giovanni besó de nuevo la mano de Isabella y se incorporó, dirigiéndose a la puerta para acudir junto a su amigo, pero antes de salir de la biblioteca y asaltado por un pensamiento repentino, se volvió hacia la dama-. Perdona, Isabella, sé que esto te puede parecer fuera de lugar, pero… ¿hay alguna chica nueva en la casa?
Isabella enarcó las cejas inquisitivamente, y negó con la cabeza mientras respondía.
-Ninguna. ¿Por qué?
-Anoche… me pareció ver a una mujer que no conocía acercándose a la casa… Quizá me equivoqué…
Sintiéndose estúpido e impertinente por hacer esas preguntas en ese duro momento, Giovanni hizo una reverencia antes de salir, maldiciéndose a sí mismo por ser tan inoportuno, y maldiciendo también a aquella mujer de la que no lograba olvidarse.

Aunque le costó trabajo, Giovanni consiguió apartar a Lorenzo del cuerpo muerto de Lucrecia y llevarlo de nuevo a su casa junto a su familia. Incluso habló con Lucía, la esposa del escultor, para decirle que el motivo de que su marido se encontrara así era que uno de los negocios en los que había invertido, una partida de sedas orientales, había caído en manos de los turcos, habiéndose perdido. Aquella mentira al menos libraba a Lorenzo de ser sometido a un interrogatorio para el que no se encontraba moralmente preparado. Y a Giovanni, aún le quedaba un duro combate con su propia esposa, combate que lidió como siempre, saliendo ganador. Pero pasaban los días, y el pintor, no conseguía olvidarse de la mujer a la que había vislumbrado junto a la Ca´dei Piacere. A veces, se descubría a sí mismo contemplando silenciosamente el boceto que había iniciado en el bosquecillo de las afueras, pero se sentía incapaz de intentar continuarlo. Había en esa mujer un aire de tristeza de una profundidad tal que Giovanni no se sentía capaz siquiera de hacer un intento de plasmarlo, y sabía que sin ese aire melancólico, la mujer perdía una gran parte de su excepcional belleza.
Hasta que un día, varias semanas después, volvió a verla.

Cuando se acercaba el final del calor, en Venecia se celebraba una gran fiesta, la Despedida del Verano, en la cual se preparaban hermosas embarcaciones en las que los gremios de la ciudad competían los unos con los otros por ver cuan era la más lujosa, embarcaciones que mostraban a todos los ciudadanos en un elegante desfile por los canales de la ciudad, desfile que toda Venecia acudía a presenciar. Ese año, para alegría de Claudia, Giovanni y ella fueron invitados a presenciar tal evento en el palacio Contarini, muy cerca de Santa María del Giglio y de la propia catedral de San Marcos y el palacio ducal. Y allí se encontraba, en uno de los balcones del palacio que daban al Bacino di San Marco, esperando el paso de las embarcaciones, cuando otro de los invitados se acercó a hablar con él. Sus ricas ropas púrpuras le delataban como un cardenal de la Iglesia, y se acercó a Giovanni acompañado por su anfitrión, el señor Contarini, que tras presentarle como el cardenal Giuliani, les dejó solos. El cardenal le contó a Giovanni que su sobrina, una joven llamada Verónica, bastante poco agraciada, iba a celebrar su compromiso poco más de una semana después con el hijo de uno de los poderosos comerciantes del consejo del Dux, una boda que llevaría beneficios cuantiosos a ambos contrayentes. El cardenal quería regalarle a la muchacha un retrato, y el señor Contarini le había hablado muy bien de Giovanni, diciéndole que si había alguien que fuera capaz de conseguir que la pobre Verónica pareciera bella, ese era él.

Giovanni se encontraba aceptando el encargo del cardenal Giuliani cuando la vio.
Estaba allí abajo, entre la gente que se amontonaba en las calles para ver pasar las góndolas. No había duda posible, era ella. El silencio de nuevo se hizo en torno a Giovanni cuando, desde la calle, ella alzó el rostro y le miró por un instante. Un segundo antes, las voces del gentío se mezclaban con las de los invitados del palacio Contarini en una cacofonía que amenazaba con volver loco al pintor. En ese momento, incluso la voz del cardenal Giuliani, que hablaba a su lado, se había desvanecido. En su vida, sólo estaba ella. Se había recogido el cabello negro en un sencillo moño en la nuca, y había cambiado aquel vestido negro por uno del mismo corte, sin los cristales cosidos pero con bordados negros, en color rojo vino. Pero su rostro era el mismo de aquella noche, y sobre todo, aquellos ojos negros que desprendían una tristeza tal que el pintor a punto estuvo de romper a llorar como un niño, unos ojos que tendían una especie de puente invisible desde la calle hasta el balcón en el que él se encontraba.
-¿Estamos de acuerdo entonces?
El cardenal Giuliani posó su mano en el hombro de Giovanni mientras su cara expresaba una sonrisa de abierta complacencia. Giovanni apartó la mirada unos instantes de la calle, lo justo para asentir educadamente a lo que fuera que el cardenal hubiera dicho, y cuando volvió a mirar a la calle, ella ya no estaba allí. Su corazón dio un vuelco.
-Eminencia…-consiguió articular trabajosamente-. Se lo suplico, discúlpeme un momento.

El cardenal Giuliani asintió, yendo a hablar de nuevo con el señor Contarini, probablemente para felicitarle por haber propuesto a ese pintor, pero realmente, eso a Giovanni le importaba muy poco. Bajó corriendo la escalera espiral que le había dado al palacio el sobrenombre de Bovolo, caracol; precipitándose a la calle en busca de aquella mujer que le había robado el sueño desde la primera vez que la viera. Pero aquello era una tarea titánica. En cuanto puso un pie en la calle, Giovanni supo que estaba atrapado en la marea de gente. Intentó abrirse paso a codazos hacia el lugar donde había visto a la mujer, pero fue inútil, y sintió que se le escapaban lágrimas de rabia al sentirse arrastrado por la gente. Y entonces, escuchó un sonido seco, como un trueno, pero mucho más cerca, y luego, un grito, grito que se multiplicó enseguida por cien cuando una de las cornisas de uno de los palacios anexos al Conterini, se desplomó sobre el gentío. En ese momento, se desató el infierno, pues asustada, la gente comenzó a intentar correr cada uno en una dirección, y ante la atónita mirada de Giovanni, una mujer que sostenía a un niño de unos dos años fue pisoteada por la aterrada multitud. Desesperado, Giovanni trató de mantenerse donde estaba, pero aquello era querer enterrar el mar debajo de una piedra. La multitud le empujó hacia una de las paredes del palacio Conterini, y el pintor temió morir aplastado allí, contra aquella pared, cuando de repente, algo se abrió tras él, y cayó de espaldas al suelo. Empujón tras empujón, al parecer había llegado a una de las puertas del palacio. Claudia, desde el balcón, le había visto allí, y de inmediato, el señor Conterini había ordenado que se abrieran las puertas. No sólo Giovanni encontró la salvación aquella tarde en el palacio Conterini del Bovolo, sino que mucha gente consiguió apartarse de la muchedumbre allí. Cuando el gentío se disolvió, los hombres del Dux llegaron, y allí, sólo en el área más cercana al palacio, contaron más de cincuenta muertos.

Esa noche, ya a salvo en su casa, acostado junto a su mujer, Giovanni no pudo más y rompió a llorar. Claudia, siempre comprensiva, pensó que se trataba del miedo contenido, del trauma de haber contemplado aquel desastre tan de cerca, de haber mirado a la muerte cara a cara; y le abrazó con fuerza, como una madre a su hijo. Pero en la mente de Giovanni, sólo había sitio para un drama, y era no haber podido encontrar a aquella mujer.

Durante el día siguiente, Giovanni no se levantó de la cama, y Claudia pidió que no se le molestara, pero al otro día, poco después del amanecer, recibieron la visita del cardenal Giuliani y su sobrina. A pesar de que el ánimo de Giovanni no había mejorado en nada, no tuvo más remedio que recibir al cardenal intentando poner su mejor sonrisa, mientras examinaba a la tal Verónica, que por lo que vio el pintor, tenía más posibilidades de ser su hija que su sobrina, pues era tremendamente parecida al cardenal. Lo primero que pasó por la cabeza de Giovanni fue el preguntarse como una mujer podía parecerse tanto a un perro. Su piel era morena, y una gran mancha pálida le cubría prácticamente todo el lado izquierdo del rostro, que además, era demasiado blanco, con unos enormes carrillos que casi caían flácidos a los lados del rostro. Sus ojos eran apagados, sin expresión, de un color marrón apagado, y sus párpados inferiores aparecían hinchados. El recargado peinado y la ropa con brocados de oro intentaban paliar los defectos de la muchacha con escaso éxito. El cardenal Giuliani se la presentó a Giovanni, y al tomar su mano para besarla, el pintor se dio cuenta de que toda ella era blanda, desagradablemente blanda, como si fuera un trozo de carne que alguien hubiera arrojado a un charco en un día de sol. Realmente, lo iba a tener difícil para hacer un retrato agradable de aquella mujer. Y luego habló, y Giovanni sintió que se le caía el mundo encima al escuchar aquella voz nasal, aflautada, aguda hasta el punto de que estuvo tentado de ordenarla que se callara porque le daba dolor de cabeza. Se arrepintió inmediatamente de haber aceptado ese encargo, pero ya era tarde para echarse a atrás, así que intentando mostrarse lo más complacido posible, Giovanni acompañó a Verónica hasta el estudio, mientras el cardenal Giuliani y Claudia se quedaban en el salón, hablando sobre el día a día veneciano.

Giovanni le pidió a Verónica que se sentara sobre un alto taburete que el pintor utilizaba para los retratos. Ella comenzó una conversación intrascendente, pero enseguida Giovanni, concentrado como estaba en el cuadro, dejó de escucharla. Su mirada volaba del rostro de la muchacha al lienzo, y sus manos corrían raudas llevando el pincel de la paleta a la tela, intentando captar todo lo bueno que la muchacha pudiera tener. Pero de pronto, la imagen de la mujer apareció en su cabeza. Y el rostro de Verónica le pareció aún más desagradable al compararlo con la serena belleza de aquella dama que tan sólo había podido atisbar dos veces. La piel oscura, manchada de la muchacha no tenía ni comparación con el mármol pulido de aquella dama, ni la boca grande y desgarbada de la sobrina del cardenal podía compararse con los labios jugosos, brillantes de aquella. Verónica parecía una burla de Dios, un ente tan desagradable que no debería exhibirse a los ojos de los hombres…

Giovanni escuchó un grito, y de pronto, el mundo a su alrededor cobró forma de nuevo. La joven sobrina del cardenal Giuliani lloraba asustada en un rincón, y él había golpeado el lienzo con el pincel con tanta fuerza que había rasgado la tela, por la que chorreaban los colores, mezclándose los unos con los otros, pero a pesar de la velocidad y de la manera en que lo había hecho, entre los trazos se podía reconocer una pantomima del rostro de la muchacha, exageradamente grotesco. La puerta del estudio se abrió, y el cardenal Giuliani y Claudia entraron a carrera, acompañados de Gianni. Todos parecían gritar, pero el aire parecía haberse detenido dentro de la habitación, y Giovanni no escuchaba nada. Les veía abrir las bocas como si fueran túneles inmensos de supurante oscuridad, y como sus manos se movía en el aire, pero todo le parecía tan irreal… El cardenal abrazaba a su hija, sin duda era su hija, ambos eran tan iguales… Y Claudia le miraba en silencio, con los ojos abiertos como platos, pero el cardenal y la niña chillaban tanto, tanto que se le clavaban sus gritos en la cabeza, eran como tábanos que zumbasen en la habitación. Con la mujer del cabello negro se estaba tan en silencio… El cardenal se llevó a la muchacha, y Claudia salió tras ellos, ahogando las lágrimas, pero Giovanni se quedó sentado en el suelo del estudio, con la cabeza entre las manos. Le hubiera gustado gritar, pero sentía su garganta cerrada, atenazada por una aplastante sensación de soledad, de tristeza y de pérdida. Claudia entró, y a Giovanni le pareció que también le chillaba, pero no era capaz de entender lo que decía, y mucho menos, de contestarla, así que se limitó a permanecer sentado, apartando incluso sus ojos de ella. Finalmente, Claudia salió del estudio y cerró la puerta tras de sí. Sólo entonces Giovanni se incorporó, echó el cerrojo de la puerta, y volvió a sentarse en medio de aquel caos de pinturas, pinceles y restos de lienzo.

Nunca hubiera podido decir si pasaban horas, días o semanas mientras se encontraba allí sentado. Escuchó varias veces la voz de Claudia tras la puerta, pidiéndole que saliera, y una vez, oyó también a Lorenzo. En algún momento, estaba seguro de que habían intentado echar la puerta abajo, pero las puertas de la casa eran tan sólidas como las de los castillos, y había sido imposible. Probablemente estuvieran ya pensando en las ventanas, pero estas tenían rejas, así que tampoco podrían entrar por ahí. Además, había cerrado también los postigos de madera, por lo que ninguna luz entraba en la habitación, no tenía referencias sobre el día y la noche. Pasó el tiempo en una extraña duermevela, en la que incluso su propio cuerpo parecía haberse detenido, no sentía hambre ni sed, tan sólo un sueño esquivo, evanescente, que mezclaba oníricas duermevelas con momentos de claridad durante el sueño.

Entonces, en algún momento, sintió que no estaba solo. Alzó los ojos, pensando que de alguna manera su mujer y los sirvientes habían conseguido abrir la puerta, quizá había sido Lorenzo. Pero se equivocaba, la puerta estaba perfectamente cerrada. Y a su lado, detenida junto a la hoja de madera, se encontraba ella, aquella mujer tan bella que le había convertido en un loco, en un poseso. Esta vez se había soltado el cabello, que le caía elegantemente sobre la espalda, y el vestido que lucía era blanco, con bordados de plata en las mangas y el corpiño. La escasa luz que se filtraba por los postigos cerrados bastaba para poder admirar la belleza de esa mujer, una hermosura regia, serena, como si fuera el epítome de la propia ciudad de Venecia, a la que llamaban “La Serenísima”.

-Vos sois el maestro Giovanni Renzo…-musitó en voz sólo ligeramente más alta que un susurro, y Giovanni asintió, sin saber que hacer, mientras se levantaba del suelo-. Maestro Renzo, quisiera pediros algo…
-Lo que vos queráis, señora…
-¿Seríais tan amable de pintar mi retrato?
Giovanni permaneció en silencio, aturdido, pues todo aquello parecía irreal. Tal vez se tratara sólo de un sueño, pero si era así, no quería despertarse nunca.
-Si os causa mucho trastorno lo entendería…-comenzó a decir ella, pero Giovanni la interrumpió con un gesto mientras sonreía.
-No, por Dios, señora, será un placer para mí. Soy vuestro esclavo.
Giovanni se acercó a ella y le tomó la mano, que encontró cálida, suave y tersa mientras la llevaba a sus labios. Después, abrió los postigos de las ventanas de par en par, dejando entrar en el estudio la luz de la Luna, que brillaba tenue en el cielo. Las estrellas salpicaban la noche de Venecia, y un perro aullaba en la distancia. Todo estaba tan calmado que a Giovanni le pareció que estaba contemplando sólo una pintura de la ciudad, no la realidad. Encendió también dos candiles, situándolos de forma que iluminaran lo mejor posible a la mujer, que se había sentado elegantemente en el taburete que tiempo antes había ocupado Verónica. Giovanni pensó en continuar el retrato que había comenzado en el bosquecillo, pero finalmente, optó por comenzar desde cero, con un lienzo nuevo.

De inmediato, Giovanni cayó en aquel trance en que caía cada vez que comenzaba a pintar, y cualquier lazo con la realidad que le envolvía, se desvaneció. La noche avanzaba, y ella permanecía tan quieta como una estatua, y de hecho, ya se acercaba el amanecer cuando Giovanni se apartó unos pasos del retrato para contemplarlo. Allí estaba ella, capturada en el lienzo, toda su belleza, toda su misteriosa magia estaba allí, sobre aquella tela, atrapada por los oleos y el pincel. Los rasgos altivos, la boca generosa, el cuello elegante, el pecho insinuante, la blancura inmaculada de su vestido, el cabello negro como la noche… y sobre todo, la expresión de aquellos ojos, la tristeza contenida que completaba el cuadro.

-Señora…-musitó Giovanni, y la dama le dirigió una tímida sonrisa, rompiendo por primera vez aquella magnífica quietud que la había envuelto durante toda la noche. Ella se incorporó y se acercó al pintor, contemplando el cuadro junto a él. Los ojos de Giovanni iban de la dama al retrato, sintiendo que su pecho se llenaba de orgullo por aquel trabajo, el mejor sin duda de su vida. Ella contemplaba aquella obra casi con devoción, y acercaba sus dedos hasta casi rozarla, pero los apartaba en seguida para no mover la pintura y estropear el trabajo. Entonces, Giovanni se dio cuenta de que en el cuadro aparecía algo extraño, algo que él no recordaba haber pintado. En el fondo oscuro que había utilizado, en torno a la imagen de la dama, aparecían unos pequeños ojos, aquí y allá, unos abiertos, otros con los párpados cerrados, pero aunque no recordaba haberlos pintado, reconocía en ellos su trazo, su forma de pintar.
-No hemos hablado del precio de vuestro trabajo, maestro Renzo-dijo ella, mirando con dulzura al pintor, que de inmediato negó con la cabeza.
-No, señora, no… ha sido un placer para mí, no podría cobraros absolutamente nada. Aunque tal vez, si me pudierais decir vuestro nombre… esa sería suficiente recompensa para mí.
-Sois galante, maestro Renzo, pero mi nombre… es algo que no puedo deciros. Aunque realmente, ¿no sabéis quien soy?
-Empiezo a imaginarlo…-musitó Giovanni, contemplando los ojos que le miraban desde el cuadro, no sólo los de la dama, cargados de tristeza, sino los otros, los que aparecían tras ella-. Por eso os vi la noche en que murió Lucrecia, por eso estabais junto al palacio Conterini cuando se derrumbó aquella cornisa… Alguien me habló una vez sobre que en oriente, se dice que sois un ángel cuyas alas están llenas de ojos, que sólo se cierran durante un instante cuando…
-Entonces me conocéis-le interrumpió ella, mirándole a los ojos. En ese momento, Giovanni se dio cuenta de que la amaba, de que no podría vivir sin ella. Aquella mujer lo era todo para él, pues incluso el placer de pintar se lo había quitado. Nunca, jamás conseguiría pintar un cuadro como el que había realizado aquella noche, serían sólo burlas, intentos, quizá buenos cuadros, pero nunca de nuevo una obra excepcional como aquella.
-Tal vez podamos hablar de un precio por mi cuadro, señora-dijo con la voz quebrada el pintor, sintiendo que se excedía en su atrevimiento. Ella le hizo un gesto amable, invitándole a continuar-. ¿Os parecería excesivo pedir uno de vuestros besos?

La dama sonrió amargamente, y asintió con la cabeza. Una lágrima se escapó de sus ojos, y Giovanni hubiera dado su vida entera por la posibilidad de haber pintado esa lágrima, ese cristal perfecto que se deslizó por su mejilla atrapando la luz de la sala mientras caía hacia el suelo, donde se rompió en infinitas gotas más pequeñas, una lágrima en la que estaba acumulado todo el dolor del mundo, todo el sufrimiento y la tristeza padecidos alguna vez. Pero no tuvo tiempo de pensar más en esa lágrima, porque ella le besó, y el mundo se detuvo para Giovanni Renzo.

La dama permaneció unos segundos más en la sala, contemplando su retrato. Nunca se había visto a sí misma más que en los breves segundos en los que su imagen se reflejaban en el único espejo que le estaba permitido, los ojos de los moribundos. Y sólo una vez cada miles de años aparecía alguien capaz de verla, alguien que la contemplaba como la había mirado ese pintor, con devoción y veneración, aunque el verla, terminaba por conducirles a sus brazos antes de lo que probablemente estuviera previsto. Ahora, el pintor yacía a sus pies, con una expresión de serenidad en el rostro que le hacía parecer el modelo de una de aquellas obras de Miguel Ángel o de Leonardo, que transmitían una tranquilidad turbadora. Había muerto feliz. Ella pasó su mano por la pintura, mientras la contemplaba de nuevo, y los colores, los trazos, cada una de las pinceladas que Giovanni había dado, se desvanecieron como si nunca hubieran existido, dejando de nuevo el lienzo blanco, puro e inmaculado. Así era siempre con ella, terminar con una posibilidad, dando inicio a miles de ellas. Una tenue sonrisa atravesó su rostro durante un instante, pensando en que al menos, el pintor había obtenido lo que anhelaba su corazón. Y luego, se marchó.

Claudia se despertó bruscamente, como si saliera de una pesadilla, pero no recordaba haber soñado nada. Al abrir los ojos, le pareció escuchar un ruido extraño, como un batir de poderosas alas, pero aquello no tenía sentido, así que lo descartó de inmediato. Por los balcones y ventanas comenzaba a entrar la luz del sol al salón, pero aún era débil, estaba amaneciendo. Se había quedado dormida en el salón, sentada en un diván, con los ojos puestos en la puerta del estudio de su marido. Y en ese momento, Claudia se dio cuenta de que por fin, ésta estaba abierta.
-¿Giovanni?-preguntó. Pero no obtuvo respuesta.

FIN