Literatura en Tepatoken

One more kiss, dear
por Carlos Mendez Rodriguez

Todo estaba ya preparado: el champan ya se cubria con una leve y brillante capa de humedad; el horno, desde la cocina, despedia una agradable fragancia de ciruelas asadas; las velas se consumian lentamente sobre la mesa, donde dos cubiertos preparados con precision milimetrica delataban la cita amorosa. Todo estaba preparado, y ella estaba al llegar.

Q. contemplo por un momento el inusual orden que reinaba en su apartamento. Todo estaba en el sitio donde debia de estar, quizas por ello aquel habitat le parecio ajeno, extraño, como la habitación de un hotel. Pero lo cierto es que aquella noche no podia permitirse dar una mala imprensión. Tamborilleo los dedos en el respaldo marrón y compacto del sofa, mientras su otra mano libre daba lumbre al ultimo cigarro de su paquete, que yacia arrugado junto al telefono. "Joder, diez en media hora", penso. Era cierto, estaba nervioso, aunque sabia positivamente que aquella mujer no era la primera, ni, a buen seguro, iba a ser la ultima. Pero iba a ser especial, una noche especial.

Justo en el momento en que levantaba su brazo para comprobar la hora, el zumbido del telefonillo le anuncio que era la hora. La abrio y, hurgando en su bolsillo, se cercioro de que alli estaban los dos objetos que le iban a ser utiles en aquella velada: un anillo de pedida, escondido, como la ultima lagrima de un poeta, en una cajita recubierta de terciopelo rojo y la punta rota de una aguja de hacer punto. Se quedo alli esperando frente a la puerta con las manos entrelazadas en su espalda, hasta que el electrico campanilleo de la puerta le anuncio el final de la espera.

Su atuendo era impecable, como el suyo propio: habia acudido a la cita con sus mejores galas, con aquel vestido rojo de noche que marcaba nitidamente su esbelto talle, dejaba al descubierto ( con esa elegancia que solo las mujeres bellas disfrutan ) el inicio del canalillo de los pechos y mostraba con orgulloso desparpajo la exquisitez marfil de sus tobillos. Su rostro ofrecia los contrastes vitales usuales en ella, por lo que no habia recurrido a ningún tipo de maquillaje; la melena, recortada aquella misma mañana, encerraba con dos medias lunas el ovalo perfecto y plata. jamás habia encontrado otra prueba más evidente de la existencia, en alguna parte, de un Dios creador. Ambos se miraron un momento, ella recostada contra el marco de la puerta, él en su posición anterior, ambos lucian sonrisas de circustancias, pues sabian el motivo de aquella especial velada.

Tras los preliminares habituales en la ocasión ( ella le tendio su abrigo, mientras descubria una botella de vino comprada expresamente y exclamaba un !que limpio esta todo esto¡) ambos se sentaron a la mesa, uno frente al otro. Tras la ensalada llego el segundo y ultimo plato de la noche (Q. habia ideado una cena sabrosa, pero más bien frugal): pollo asado relleno con ciruelas, que a la sazón era el manjar preferido de ella. Cuando la cena ya llegaba a su fin, y la diosa del frente devoraba con glotoneria casi humana las ultimas migajas de carne empapadas en gelatina, él pregunto:"¿sabes que voy a hacer tras los postres?". Ella solto una de aquella risitas que la caracterizaban cada dos por tres con una vitalidad joven y fresca, de fruta recien cogida, aun con el rocio de la mañana: "por supuesto. A estas alturas no creeras que soy imbecil".

Pasaron tacitamente del postre, y acordaron en su lugar preparar cafe. Este se enfriaba, y cada voluta de vapor que exhalaba la taza era como un gemido de agonia del sabor. Ellos entretanto se daban con parsimonia a la ceremonia del beso, y reian mientras enumeraban todos los pormenores de su vida marital. Ella queria tener solo un niño, al que pondrian de nombre Albertito, como su abuelo, pero él en cambio queria dos nenas, a las que nombraria Elvira y Sol, como las hijas del Cid. Al final acordaron tener un montón de crios, como diez u once, para que su vejez fuera como la de unos patriarcas biblicos. Hablaron tambien de su casa: ahorrarian y dentro de poco huirian de la gran ciudad y se refugiarian, como exiliados, en algún pueblo de la sierra, donde la vista de los riscos permanentemente nevados no se les hiciera habitual, y asi cada amanecer seria unico y ya no tendria cabida la monotonia. Tendrian un gran jardin frente a la puerta, ella cultivaria rosas y él se sentaria en una tumbona a leer el periodico todos los domingos, con su chandall de marca y sus deportivas. Vendria la madurez, y los amantes permitidos (más jovenes por supuesto, que para carne arrugada, gastada y vieja ya se tenian el uno al otro). Al fin moririan, uno antes que el otro claro, y serian enterrados en aquel mismo pueblo, donde el tiempo les pasaria por encima, y tal vez algun dia un caminante curioso descubriera dos lapidas adosadas con una inscrpción casi borrada, donde se leerian sus nombres. Esto hablaban y reian, tumbados a lo largo en el sofa, ella con su cabeza apoyada sobre el pecho de él, mientras este mesababa su cabello. Q., entonces, saco su pequeña cajita de terciopelo rojo, la hizo resbalar por el brazo extendido de ella y lo deposito cuidadosamente en la palma de su mano. Ella no lo abrio, no lo necesitaba, recogio los brazos y los alojo en su regazo, mientras él la apretaba fuertemente. Era una respuesta afirmativa. Ambos se sentian más proximos que nunca.

Se habia levantado dirigiendose a la estanteria. Habia sacado un viejo disco con una olvidada vocalista de color retratada en la portada, y donde unas grandes letras coloradas sobre fondo negro anunciaban el titulo del tema encerrado en los microsurcos: "One more kiss, Dear". Q. lo aclopo en el tocadiscos y, entre los quejidos del tiempo, una voz melodiosa y femenina seguia cantando su canción. Ahora bailan, y se susurran al oido los buenos tiempos pasados. Los veraneos en las embravecidas aguas de la Costa Brava, donde gustaban de aislarse de las familias y los guiris pasados de peso y alcohol entre los acantilados cortados a fuego y agua; sus noches, cuando pernoctaban en la orilla, mecidos por el suave murmullo de las olas casi tambien dormidas, mientras el fondo oscuro se ilusionaba atrapando el reflejo de la luna llena; las tertulias de madrugada frente a una botella de alcohol, preferentemente vino, con los amigos, los amaneceres repletos de luz y resaca a las que daban paso; los remansos de la pasión, en la habitación de cualquier motel de cualquier olvidada carretera provincial, con los cuerpos sudados exigiendo una ducha y descanso....Aquella, a pesar de lo cursi que a ambos les parecia aquella expresión, era "su canción", y solo les recordaba los buenos momentos.

Sus pies se deslizaban sonambulos sobre el parque. Mientras la olvidada vocalista de color seguia cantando su cancion. Ninguno de ellos miraba ahora a la cara del otro: fijaban sus ojos en puntos indeterminados de la habitacion, en el aire. Era el silencio agradable de quien ya no necesita decirse nada, o bien se niega a emplear para ello el instrumento burdo, y casi sucio, de las palabras.