MacBeth
por Juan F. Molinera Caracuel
La consecución inexorable del tiempo me llevó a releer, placenteramente, la obra que nos ocupa, McBeth, después de haber hecho lo mismo con su "gemela" Hamlet. El resultado: la famosa frase de "las comparaciones siempre son odiosas", que a muy buen seguro me impedirá un comentario personal de la obra como hubiera de desear.
La tragedia de McBeth resulta más sencilla, quizás más lineal que Hamlet, pero sin embargo, no por ello carece de esas incógnitas, heroicidad y profundidad que caracterizan el drama de Shakespeare. El tema central de la obra gira en torno a la ambición encarnada en un noble general escocés, McBeth, como en su esposa, articulación de la obra para la consecución, por parte del autor de sus fines. En la obra se produce un desdoblamiento de la ambición en estos dos. En un principio, la señora McBeth mantiene la fijación que la incita a matar sin temblor ni duda, mientras que McBeth, aún guarda ese valor que separa el bien del mal y la duda de lo que realmente desea.
McBeth: No seguiremos con este asunto: me acaba de conceder honores, y he adquirido áurea fama ante toda clase de personas, y ahora habría que lucirla con todo su esplendor reciente, sin dejarla a un lado tan pronto.
Señora McBeth: ...¿ Querrías obtener lo que consideras el ornamento de vida, y vivir como un cobarde en tu propia estimación, dejando que el "no me atrevo" esté al servicio del "querría", como el pobre gato del proverbio?.
McBeth: Por favor, calla. Me atrevo a hacer todo lo que es propio de un hombre: quien se atreva a más, no es hombre.
(Acto I. Escena Séptima)
Una vez asesinado el Rey Duncan y convertido McBeth en Rey, es la señora McBeth quien se muestra más afectada por los remordimientos sonámbulos, andando sin despertar, en vano intentos de lavarse la imaginaría sangre de las manos.
Dama: Es un gesto acostumbrado en ella: parece así como si se lavara las manos: a veces la he visto hacerlo un cuarto de hora seguido.
Señora McBeth: Sigue habiendo una mancha.
Médico. Atención, habla: voy a anotar lo que diga, para convencer más firmemente a mi recuerdo.
Señora McBeth: Fuera, mancha maldita, fuera digo. Una... dos... sí, ahora es el momento de hacerlo. ¡ El infierno está oscuro ¡ ¡ Que vergüenza, señor, que vergüenza ¡ ¿Un soldado, y tenéis miedo? ¿Que falta hace tener miedo de quien lo sepa, si nadie puede llamar a nuestro poderío a rendir cuentas? Pero, ¡ quien hubiera creído que el viejo tuviera tanta sangre dentro¡.
(Acto V. Escena Primera)
Al final, poco antes del derrumbamiento, sabemos que muere, aunque no indica precisamente el modo, suponemos el suicidio, quedando McBeth sólo para afrontar su destino. Un McBeth que se siente fuerte ante los acontecimientos quedando muy alejado del temeroso e indeciso guerrero del inicio.
El, mencionado, eje de la ambición, queda subrayado con la puesta en cuestión de los oráculos y predicciones, que, en contraposición con lo acostumbrado, no se cumplen. Estas profecías son lanzadas por las enigmáticas Tres Brujas, cuyo misterio las envuelve dotándolas de una atracción casi morbosa y una oscuridad envolvente. Estas profecías, le prometen la salvación, pero se vuelven contra él, "porque el bosque de Birman se mueve y avanza, en ramas desgajadas por los soldados a modo de camuflaje", y, aunque las Brujas dijeron que nadie "nacido de mujer" podría vencerle, resulta que su verdugo, McDuff, técnicamente, no había "nacido de mujer", en cuanto que había sido extraído del vientre de su madre ya muerta. El hecho de que, de todas las profecías formúladas, algunas se cumplieran y otras no, el autor consigue con ello dejar abierta una puerta, inconscientemente, a las creencias populares de la época, las cuales de decantarían por una u otra forma del destino.
El autor, a lo largo del drama, presenta situaciones especialmente cruentas que nos recuerdan a las tragedias griegas, así es, el asesinato del Rey Duncan, pero aún más importante es el asesinato del hijo de McDuff, en plena escena, que adquiere relevancia mayor por tratarse de un niño, señalando la malevolencia del nuevo Rey ante la impotencia de control de la situación creada.
Señora McDuff: Espero que no esté en lugar tan impío como para que le puedas encontrar.
Asesino Primero: Es un traidor.
Hijo. Mientes villano de orejas peludas.
Asesino Primero: ¿Que es eso, tú? ¡Huevo, alevín de traición¡ (Le apuñala).
Hijo: ¡ Me ha matado, madre¡ ¡ Corre, escapa¡ [ la señora McDuffù (escapa gritando: "¡ Asesinato ¡").
Ya he mencionado en mi comentario a la obra: Hamlet, el hecho que, junto con El Rey Lear, estas dos obras comparten un argumento central: la soledad del poder. McBeth logra el mencionado don con apoyo, pero ,en el momento de regir el gobierno, esta soledad tan sólo es acompañada por las profecías de tres brujas. Esta obra posee muchas similitudes con el drama danés, no sólo en el argumento, sino en sus elementos característicos, digamos, lo sobrenatural, centrado en el espíritu de Banquo, que al igual que el espíritu del padre de Hamlet es un elemento de remordimiento y de enaltecimiento de la obra. La presencia de la locura, que embarga a Lady McBeth, igual que lo hizo en Ofelia, diferenciándose ambas en su causa de locura, imposibilidad de amar por una, remordimiento por la muerte por la otra, pero cuyo destino será el mismo, fatídico. O el fin de los protagonistas, muertos en un duelo final cuyos verdugos serán McDuff y Laertes, que logran que el ritmo de la obra adquiera tonalidades heroicas y memorables en su puesta en escena.
Por último, señalar que la tragedia de McBeth está supeditada a dos amplios conceptos: la traición y el horror. El horror del crimen, el horror de los remordimientos y el horror del desenlace. Conceptos que se fusionan creando un ambiente estremecedor y que permiten al lector, o mejor aún, espectador, la implicación en una trama, más contemporánea que del siglo XVII, cuyos rescoldos dejan en la mente del mismo algo inenarrable pero, afortunadamente, repetible. Sentimientos que toman vida en cada verso que se paladea, en cada escena que se emplea y en cada acto que termina, al cual le acompaña una sonrisa ante otro acto que comienza.