Los viajeros
por Carlos Mendez Rodriguez
Ella no resaltaba en nada en el anonimato común del vagón. Fue
un vistazo oportuno, puramente casual entre una ristra infinita de posibilidades,
el que la reconocio; quizas fuera el vuelo al ralenti de una pluma en el cargado
ambiente del tren de primera hora de la mañana (que aparecia bajo el
filtro de aquella luz amarilla como fuera del tiempo ), o quizas el rasgar violento
de una hoja de pediorico, lo que le habia inducido a mirar en aquella dirección
sólo un instante. Un instante que, apenas cambiando minimamente la situación
( otro día, otra metereología en el exterior que rompiera la rutina
) y con los mismos personajes, podia no haber tenido, perfectamente, ninguna
consecuencia.
A él le pareció que el tiempo apenas la habia cambiado. Solo habia que echar un vistazo a su coronilla calva o al matiz cano que decoraba el resto de la cabeza para comparar. Pero sí, estaba cambiada. Llevaba el pelo recogido, confiriendole un aspecto impropio de seriedad, a lo que se añadia un conjunto de chaqueta-pantalón que tampoco le favorecia en exceso; acaso su figura le parecia ahora menos esbelta, con las curvas mucho más resaltadas, pero tal vez solo se lo parecia a él: pensó que cuando hace siglos que no vemos a un amigo, a un pariente o simplemente alguien que conocieramos de vista ( el panadero, por ejemplo ) forzoso es que le tengamos que sacar diferencias, solo para darnos a creer a nosotros mismos la sensación del paso del tiempo, que hasta ese momento habia pasado imperceptible; por ultimo, analizo sus ojos, ojos grandes y brillantes de cazador nocturno, que ahora se mostraban más profundos, más escrutadores, o simplemente más viejos, con dos pequeñas media lunas oscuras que habian anidado en sus parpados, y que delataban el cansacio acumulado de las noches y los dias en arrolladora secuencia.
La siguio analizando con detenimiento no disimulado, aunque encubierto en la muchedumbre. Sus dedos tamborilleaban un ritmo letanico y absurdo en el alfeizar metalico de la ventanilla; la mirada, intentando distraerse, no acababa de fijarse en ningún sitio: tan pronto la dirigia a su regazo ( se evidenciaba la falta de un libro quizas olvidado en casa ) donde prestaba breve atención al jugueteo inconsciente de sus manos, como la dirigia hacia el exterior, sin variar un apice su aburrida actitud, como todos los vecinos accidentales de aquel vagón, que aburridos de la estepa desierta, de las barriadas de chabolas o del vertical perfil de la ciudad recortada en la polución se refugiaban en la lectura inutil de alguna revista, en el improvisado aseo de sus uñas o, simplemente, en la contemplación de la nada. Como he dicho, tal vez un minimo cambio en la metereología hubiera cambiado la situación, y habria descubierto para aquellos contempladores ocasionales nuevos matices brillantes del paisaje. Pero era una mañana, casi aun noche, brumosa y fria, como la mayoria, y su conocida ya no se diferenciaba del resto. La siguio observando durante el resto del trayecto, inspeccionandola minuciosamente en la distancia. Ni siquiera el pudor, la conciencia de que, en cierto modo, estaba violando su intimidad le amedrento.
La geografia urbana se fue haciendo más densa en el exterior y el tren aminoró su velocidad. Él la seguía observando, ya sin ninguna pretensión escrutadora, buscando solo una mirada, una mirada suya tan casual como la propia anterior. Pero su mirada escurridiza no lograba posarse en él. Le pareció que se paseaba a su alrededor como una mariposa caprichosa, incluso que le rehuia, cosa que hubiera sospechado si no fuera porque el analisis, desde que entraron al vagón, habia sido continuo, ininterrumpido.
Cuando las sombras de la estación empezaban a colarse por las ventanillas, cuando la frenetica actividad de la estación despertaba a todas aquellas personas que hasta entonces sonambuleaban, ella le miro un momento. Le miro, y él reconocio en aquella mirada la misma que habia dirigido furtivamente a todos y cada uno de los viajeros, sin ningún interes especial, no diferenciando su ajado rostro del resto. Apenas le dio tiempo a sostenersela, pues de nuevo, sin reconocerle, la bajo a su regazo a contemplar el balbuceo infantil de sus manos momificadas por aquella luz precaria e invernal.
La estación les habia acogido con su habitual ballet caotico. Él fue escalando por entre los viajeros hasta colocarse a su par; una vez alli la analizo más de cerca, solo un metro detras: el pelo ya escarcheaba en las raices, bajo la barbilla dos pequeñas arrugas pugnaban por llegar al lateral de su cuello, y sus labios, penso él, poseian ya ese tipico de rictus de insatifacción, aquel que es propio de los que se han tragado sus sueños. Penso que, aun asi, seguia siendo tremendamente bella. Mientras esperaba una nueva mirada causal (que inaugurara una de esas conversaciones hola-que tal te va-que ha sido de ti-marido-hijos-ect...) recordo aquellos años, su risa vivaracha y facil, el matiz desconfiado de sus ojos cuando algo le extrañaba, la mirada perdida en la ventana, hacia el horizonte encerrado entre los bloques de ladrillos. Fue recordando, pero poco a poco fue desistiendo, y la vio al fin escurrirse entre la multitud atontada por la prisa, mientras él ralentizaba su paso hasta casi detenerse.
Ahora él la contempla cuando sube, más rapidamente de lo que
él quisiera, por las escaleras mecanicas, hacia una luz que en contraste
con la penumbra de la estación parece divina, pero que no es más
que la claridad "in crescendo" de la media mañana. Piensa que
esta noche volvera a casa después del trabajo, intentara ver la tele
mientras cena o discute con su hija, leera otro libro, y, probablemente hara
el amor con su mujer. Piensa también que el ultimo pensamiento que tendra
antes de cerrar los parpados y dormirse es si tendra que esperar otros diez
años para volver a ver a su compañera de clase. Piensa también
que quizas entonces sea demasiado tarde, porque sera él, quien sabe,
el que ya no la reconozca.