Literatura en Tepatoken

El niño de los barquillos
por Juan F. Molinera

Jaime era un niño como otro cualquiera que vivía en mi barrio. Delgado, aspecto huesudo, anguloso y normalmente tímido y distraído. Digo normalmente, porque, a veces nos llamaba para jugar al fútbol en la plaza y pese a que ninguno de nosotros le tragaba, era el único que tenia el balón oficial de la fifa, que no se rajaba al cuarto de hora de partido. Era un lince jugando, regateaba como nadie y siempre procuraba dar el “pase de la muerte” en vez de marcar gol. Su madre era italiana así que le llamábamos “El Diavolo” porque era un nombre que sonaba bien y el no sabia que era de una colonia.

Bueno, volviendo a lo que iba, como ya he dicho, era frecuentemente tímido y su madre era italiana. Había venido a vivir hacia muchos años y ya casi no tiene acento. Su padre trabajaba en una fabrica conocida de galletas, (para mal suyo), y él, siempre que podía, cuando digo podía, era cuando se escapaba en el recreo de la escuela engañando a Matías, el portero, con un justificante falso firmado por su compañero de atrás, Miguel, un as en eso de imitar la firma de su madre. Matías casi no sabia leer así que cuando veía una letra de aspecto adulto le dejaba salir encargándose él de decirsélo a la guripa de la profesora. Su padre, cuando le preguntaba que hacía allí, siempre le decía que había habido un aviso de bomba y que les habían dejado irse a casa.

En un principio, a Jaime no le gustaban las galletas, así que se divertía viendo como las maquinas las hacían. Muy imaginativo, siempre nos contaba que las maquinas eran inteligentes, que podían hablar, y lo más importante, que eran parientes de los transformers. Nuestra más profunda desilusión llegó cuando, en una visita de la escuela, nos escapamos y nos cogió la profesora, a mí, al Miguel, al Chema y al José, preguntando a una maquina de echar chocolate si iba a haber más capítulos de la serie y si era verdad o mentira que había muerto optimus prime.

Pero los primeros síntomas de la tragedia de la que, pese a mi corta edad, y con motivo de la orden de mi profesora de hacer una redacción de un hecho asombroso, me he comprometido a contar, fue cuando su padre le obligó a probar unos barquillos recién salidos del horno. En los carteles de la calle dicen que la droga es muy mala y que no hay ni que probarla, pero deberían añadir ala droga, tras lo sucedido, a los barquillos.

Jaime se fue aficionando a los barquillos. Cada vez se iban haciendo más frecuentes sus escapadas a la fabrica y su adicción a esa galleta. Por las mañanas se atiborraba de barquillos donde su padre y por las tardes pedía dinero a su madre para merendar, gastándolo en un pequeño puesto que ostentaba una vieja viuda de chuches y chicles.

El tiempo fue pasando, y el barquillo se convirtió en el principal producto alimenticio del “diavolo”, por las mañanas, al mediodía, por las tardes, para cenar,..a medianoche,.. él sólo comía barquillos. Cada vez se fue haciendo más tímido en la escuela y en los recreos prefería irse a una esquina a una esquina y comerse su bolsa de barquillos de más de medio metro de largo la cual no compartía y creo yo, daría su vida por ella. Jugaba menos al fútbol y cuando lo hacía era por nuestras insistencias ya que su balón era el único de garantías del barrio. En estos partidos, él prefería jugar de portero ya que así tenia tiempo, mientras atacaban, de comerse algún barquillo, y como siempre era elegido el primero, procuraba llegar el último corriendo a la portería para tener que ponerse, la cual defendía a capa y espada, para no tener que abandonarla. Lógicamente, se fue haciendo gran portero cambiándole el apodo al de “la araña marrón”, por aquello de los barquillos.

Pero Jaime se fue haciendo un poco mayor, al igual que nosotros, haciendo, paulatinamente, más gordo. Sus piernas se tornaban cada vez más gruesas y sus mejillas más rosadas. Las niñas de clase iban detrás de él haciendo declaraciones de amor que le dejaban en la cartera, entre la bolsa de barquillos, el cuaderno de clase y los comics de los cuatro fantásticos. Llegó el día que aceptó una de esas propuestas, ¿y a que no adivinan cual?, la de mi hermana, Vanessa, que incluso venia a vernos a los partidos de fútbol. Por cierto, cada vez que venia, acabábamos en bronca, por que todos se ponían acelerados y querían meter ellos solos los goles.

La gordura de su cuerpo se fue haciendo mayor y más torpe. Mi hermana Vanessa, insensible como pocas, le dejó plantado por José el Cachas, que ahora se aficionaba a las pesas ya que, aseguraba iba a ser el sucesor de van damme. Como decía, el cuerpo se le fue haciendo más, como diría la seño de mates, “geométrico”, es decir, en forma de barquillo. Ya, en los partidos de fútbol no había convertido en el más lento del grupo. A la vez que engordaba se fue haciendo cada vez más agresivo. El preludio a la tragedia llegó en clase cuando el Daniel le robó la bolsa de barquillos comiéndose buena parte de ella ante el rotundo cabreo de Jaime, el cual, sin dudarlo, se abalanzó sobre él arrastrando todas las mesas a su paso, formando del descanso entre clases, una autentica batalla campal. El Daniel fue expulsado una semana por provocar, y Jaime, un par de dias por participar. Dos dias que aprovechó para ingerir barquillos en la fabricas de galletas.

La fama en la escuela de “broncas” se acrecentó tras el último partido que jugó con nosotros. El estaba en la portería, como siempre, comiendo un barquillo, tan ensimismado que no vio el balón que corría a más de doscientos kilómetros por hora, proveniente de la puntera de José (el Cachas), o el Bestia, según gustos, que fue a impactar en la cara del pobre Jaime, el cual cayó, ipso facto, al suelo, entre restos de barquillo en la mano y restos de barquillo entre los dientes. Los más fantasiosos cuentan que oyeron como si se quebrase un barquillo y los más radicales, que estuvo al borde de la muerte. Total, quedó terriblemente inmóvil debajo de la portería, (por cierto, el balón no entró), mientras, nos acercamos con sigilo a la, quizás, figura inerte, cuando de repente, saltó cual ave rapaz, sobre “el bestia” golpeándole entre gritos de ¡ maldito !, !! morirás !! y !! devuélveme mi chica !! que lanzaba la ya cilíndrica forma de Jaime.

Este altercado se difundió por todo el colegio, a través de todos los profesores, de todos los cursos y de todos los alumnos, viéndose sobredimensionado por la desaparición de Jaime al cual no vimos nunca más.

Chema, que era su vecino, cuenta que lo encontraron en un rincón de la fabrica de galletas, en la sección de barquillos sin poder moverse, con total forma de barquillo y llorando relleno de chocolate. Que lo llevaron a su casa y fue allí donde estalló la tragedia, (todavía se me ponen los pelos de punta al recordar cuando lo contó el Chema), a los gritos de ! bambino! !bambino !, de su madre eufórica, se unió un terrible crujido que invadió la vecindad. Jaime se había roto en mil pedazos ante el abrazo de su madre. Los lloros y las invocaciones a Dios se expandieron por el aire de la calle.

La leyenda se consolidó cuando, dos dias después, la profesora (la guripa), nos dijo que la familia de Jaime se había ido a vivir a Italia por motivos de trabajo de su padre. Nadie la creyó, apoyados por la historia de el Chema y las afirmaciones de mi hermana de que cuando le besaba sabia a barquillo relleno, nos hizo mirarnos. Ese día no hubo partido.

Al día siguiente, el puesto de chuches y chicles de la viuda apareció con los cristales rotos. Nadie sabia quien había sido, pero los barquillos habían desaparecido.

 

“El niño de los barquillos es un
niño que se come al día varios
miles de barquillos, llegando a
sonar a barquillo quebradizo
cuando se le besa y a saber a
barquillo relleno.”
Ramón G. de la Serna.
(Pequeños relatos ilustrados).

--- Va por ti, Ramón.